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El rincón de Sigmund Freud

Revolucionaria

Revolucionaria Hace un par de noches soñé que me encontraba entre los años 50 y 70. yo era una pintora y cartelista de la época. Me habían encargado un cuadro propagandístico para una líder revolucionaria sudamericana.
Entré en una buhardilla llena de pinturas, lienzos y telas; era difícil andar por ella sin tirar nada. Serpenteando entre tal barullo, llegué a mi destino. Me acompañaban dos hombres que debían llevarse la obra. La saqué de detrás de unas cuantas maderas y allí mostré, sin pudor alguno, la figura de aquella mujer desnuda y representada hasta el inicio de su pubis, el cual recatadamente se había dejado de pintar tan sólo a unos centímetros de su vello.

Miel sobre hojuelas

Miel sobre hojuelas Imaginad un dinosaurio amarillo, entre la polución de los coches, en medio de la Gran Vía. Yo lo veo, y pienso coger la maleta y marcharme a otra parte. Uno cree que las cosas serán como uno las proyecta, pero no, nada sale si no se desea con fuerza. Os lo juro, es así. A mí me funciona, pero omitiré un pequeño detalle porque no quiero que tengáis tan mal concepto de mí.

Pues... un día soñé, hace muchos años, con un dinosaurio amarillo, subiendo la Gran Vía, intentando no pisar los coches; muy respetuoso y atemorizado o, más bien, avergonzado por su paso lento y su consecuente colapso. Un día, no sé dónde, me encontré un dinosaurio de goma dura, de color amarillo.
Y ahí lo tengo, entre un Volskwagen escarabajo, un Mini y un Seiscientos, en una estantería, llena de historias que me hacen soñar...

En-sueños

En-sueños Es increíble cómo una imagen se puede quedar impregnada en el cerebro, aunque su visión sólo haya sido a penas durante unos segundos; a mí me fascina esa extraña conexión que existe entre lo que nuestros ojos captan y lo que puede llegar a generar la memoria...
Sólo una mirada durante unos segundos a la foto de unos pies, supuestamente, de mujer, con unos zapatos de tacón muy altos y los tobillos “engrilletados” por sus bragas hasta el suelo, ha sido el posible origen de mi sueño.
Me encontraba en una discoteca muy psicodélica, con neones de color violeta y gente que parecía salida de Austeen Powers. Allí, tomando un cóctel bastante exótico y demasiado dulce, me abordó G. Comenzó a hablarme de su proyecto, de su portada y constantemente se tambaleaba, sobreviniéndose encima de mí. Intentaba huir de él porque no podía vernos nadie hablando de aquel trabajo. Entonces comenzó una especie de persecución a lo Benny Hill hasta pude meterme en el baño de chicas, donde pensé que no iba a entrar mi azorado persecutor. Al contrario de mis previsiones, ni corto ni perezoso de adentró en el aseo y me retuvo entre su cuerpo y los fríos azulejos de la pared. Se quedó unos segundos mirándome intensamente a través de sus gafas graduadas, su respiración se confundía con la mía por la corta distancia que nos separaba. Sus gafas se empañaron de repente, y me angustiaba no poder ver sus ojos. Finalmente noté sus labios carnosos y calientes en los míos, cerré los ojos y me dejé llevar... de repente, metió las manos por debajo de mi falda y muy hábilmente me bajó las bragas de un golpe, hasta los tobillos, miró satisfecho y... me he despertado agitada por si me había visto alguien en aquel baño...

Asesina de Capone

Asesina de Capone (20/V/04)

Tengo mucho sueño. Es la 1.15 de la madrugada y he tenido una cena bastante copiosa acompañada de Lambrusco, pero aún así contaré mi sueño de la otra noche, porque me ha animado Patri (que aún no sé nada de ella).

Me encuentro en una especie de ajuste de cuentas nada menos que con Al Capone. Reconozco su cara. Es tal cual era en realidad. Estoy ahí, retándome con él, en un duelo. Le tengo frente a mí, con toda su grasa encima y su cara de zampabollos. Lleva un traje gris oscuro, de invierno, y un sombrero. Me ha prestado una pistola porque yo no tenía. Él lleva un revólver, de esos que tienen un cartucho rectangular con todas las balas dentro y que se introduce por la empuñadura (soy una completa ignorante en el tema de las armas). El arma que lleva Scarface es anacrónica, creo que en su época no había de ese tipo. A mí me ha dejado una pistola precaria, con dos únicas balas que ya están introducidas. No sé por qué, pero sé que mis balas son negras, además están como si las hubiesen introducido en un bote de pintura y tuvieran demasiadas capas encima, sin haberlas dejado secar bien.
Capone tiene el privilegio de disparar primero. Me apunta. Estamos muy cerca el uno del otro. Tengo miedo. Veo mi fin. Voy a morir. Caracortada dispara, pero... para sorpresa mía, algo falla, su arma se ha atascado y su turno ha “terminado”. Llega el momento de mi actuación. Sigo teniendo miedo, pero siento el alivio de haberme librado. Me preocupa fallar. Estamos tan cerca que, con sólo estirar el brazo, mi cañón toca casi su chaqueta. Le apunto al corazón que, en mi sueño, se encuentra al lado derecho. Al Capone me mira desafiante, quizás pensando que no me atreveré. Mi dedo índice se amolda perfectamente al frío hierro del gatillo. Disparo. Disparo.
Le he clavado las dos balas, ambas se han metido por el mismo agujero, por mi rapidez y porque no moví ni un solo pelo.
Veo el agujero en su chaqueta, perfectamente redondo. Aprecio nítidamente la sangre saliendo de su chaqueta. No la veo roja, sino brillante sobre el gris del traje, como si fuese petróleo.
Despierto. No sé si realmente maté a Scarface, pero me desperté con la sensación de que no lo había hecho, que sólo lo había malherido y que ahora tengo a sus matones pisándome los talones...

Acoso (sin derribo)/noche en vela

Acoso (sin derribo)/noche en vela Hoy (noche del domingo al lunes) he tenido una pesadilla. Esta vez se trata de un sueño de lo más realista o posible, en el sentido de que no hay fenómenos extraños o “para-normales”.
Era mi primer día de trabajo en unas grandes oficinas. Me había recomendado mi amigo Dani, que trabajaba allí. Mi labor no era muy concreta. Tenía una mesa, un teléfono, un ordenador y una silla de cuero con ruedas. La mesa de trabajo estaba al lado de una gran ventana, con unas vistas maravillosas y un estor de tiras metálicas.
Yo llegaba con ropa muy incómoda, pero elegante; lo típico en estos trabajos: una blusa, una falda recta y una chaqueta, muy clásico.
Estaba muy cortada y aterrada. Me sentía insegura e incapaz de desempeñar bien el trabajo. Mi amigo Dani me acompañó hasta mi mesa. Según íbamos avanzando por los pasillos y entre otras mesas, todo el mundo me miraba y cuchicheaba. El pánico me abordó completamente.
Tras un “fade to black”, recuerdo a los compañeros criticándome, cotilleándome mis escritos más íntimos -que no sé qué hacían allí- cada vez que me levantaba a algún sitio.
Salí corriendo de allí llorando, desesperada, subiendo un montón de escaleras para llegar al despacho de Dani. Entré sin llamar y me abracé a él. Dani se quedó anonadado y me intentó tranquilizar diciéndome que todo se arreglaría, que hablaríamos con el director.
Fuimos al despacho del jefe jefazo. Dani se sentó a parte –como para no intervenir- en un sofá, y yo en una silla, frente al director. Le expuse muy firmemente el problema e intenté promocionarme haciendo alarde de mis cualidades laborales. El director asentía, asombrado por mis argumentos inapelables, pero... finalmente terminé llorando, diciéndole que no había sufrido nunca una humillación igual. El hombre propuso que diésemos un paseo. Salimos los tres y anduvimos por los alrededores del gran edificio. Estaba rodeado de jardines y fuentes. El aire fresco me sentó bien pero, de repente, empezó a hacer un calor muy sofocante. Yo ya no llevaba esa ropa, sino un vestido muy veraniego, corto y con tirantes. Nos sentamos en el borde de una de las fuentes. Dani y el director metieron los pies en el agua y yo hice lo mismo. Estaba más relajada y riéndome con Dani, pero, de pronto, el director venía nadando hacia mí. Yo tenía el vestido algo húmedo por los salpicones del surtidor central y me sentía bastante incómoda por las formas tan marcada que dejaban entrever mi vestido. El hombre se acercó hasta mis piernas y me las abrió. Apoyaba sus manazas en mis rodillas, mientras su cuerpo flotaba en el agua. El pánico me invadía. Me he despertado. Menos mal. Lo he pasado fatal.

Acabo de terminar de escribir en mi cuaderno la pesadilla de ayer. Hoy (noche del lunes al martes) no puedo dormir. Me he metido en la cama sobre las 23.45 y he leído un poquito más de Alonso Quijano. A las 0.15 me invadía el sueño. He apagado la luz y he intentado dormirme pero... no ha sido así. De repente, estaba como una rosa y dando vueltas como una croqueta empanándose, con los ojos como platos (qué culinario). He intentado contar ovejas, pensar en una peli, inventar una novela y nada. Me he puesto a pensar en uno de los acertijos que me dijo Miguel. Me estaba escudriñando los seso y de pronto (!)... bombilla. Le mando un mensaje, dos, para ser más exactos, intentando explicar qué hago con las bolitas y los botecitos. Termino el mensaje y me arropo hasta las orejas (auditivas) con una sonrisilla en plan Gioconda. “Ya me voy a dormir zzzzz”, pienso.
Pues no. Recibo un mensaje: fatal error ahhhhhhhhhhh ¡Ya sí que no pego ojo! No es la solución. Me cabreo, ya no por no haber dado en el clavo, sino porque no puedo dormir y las consecuencias de eso son que mañana tendré sueño y no podré estudiar. Enciendo la luz. No sé qué hacer. Si poner la 2 o verme “Intacto” otra vez. De momento estoy escribiendo, con mi pilot rojo, en mi cuaderno. Miro hacia un lado, y vuelvo a ver a Nosferatu. Hoy sí que me hace gracia, porque me recuerda a un anuncio de un coche en donde la gente se quita las gafas fashion de sol y tiene los ojos como los faros del coche. Pobre conejito, si es que los tiene igual... habrá que pensar en una demanda por plagio. Miro hacia mi mesa; llena de kilos y kilos de papel, entre otras cosas, está tan cargada que crea horror vacui, pero en el fondo es tan triste como una pata de jamón en las últimas, a la cual te aferras como si fuera el último hilo de tu vida. Estoy empezando a divagar y a ver estrellitas de colores cada vez que parpadeo. Intentaré dormir. Apagaré la luz. Buenas noches (?). 1.50.
PD: me volví a levantar y estuve viendo South Park.

Cebra

Cebra Hoy he tenido el sueño más extraño de toda mi vida. Me pregunto qué cojones le pasa a mi cerebro para hacer unas conexiones tan raras. Mis sueños incoherentes, surrealistas, suelen sucederse en sagas. El de hoy, espero que haya sido un sólo volumen y no el primer capítulo de los Episodios Nacionales.
Iba bajando las empinadas escaleras de una cripta. El lugar era húmedo y oscuro. Llevaba una especie de túnica de raso de color granate (color que se me repite muchísimas veces en todos los objetos)y nada más (y cuando digo nada más, es nada más), hasta estaba descalza. Tenía los pies helados porque el suelo estaba bastante mojado y mohoso (brrr). Tenía el pelo muy largo y bastante despeinado y andrajoso. Llegué al final de las escaleras y el lugar era redondo y pequeño; parecía el fondo de un pozo vacío. Miré a mi alrededor y de repente me topé con una cebra. La cebra se acercaba a mí cada vez más hasta que me dejó pegada a la pared. Se puso de pie y de una forma muy natural, me arrancó la túnica con sus patas delanteras. Me quedé desnuda, pero ahora, por arte de magia, tenía puestas unas botas muy altas que me llegaban por encima de la rodilla. La cebra me cogió la mano derecha y me la enganchó en un grillete que había en la pared y me dejó ahí.
Me he despertado acojonada y con un dolor en el brazo del copón. Puta cebra!